El chiste lo hacemos nosotros, la burla la hace el otro
Por Janset Rojas

“La comedia me salvó”. “La comedia salva vidas”. “Transformé mi dolor en risas”. Estas frases se escuchan seguido en boca de comediantes —aficionados, novatos y experimentados— y también de quienes van a los shows o consumen comedia a través de una pantalla. Muchas veces se ven reflejados en situaciones o en rasgos propios de los que jamás pensaron reírse, y que gracias a algún comediante pudieron mirar desde otro lugar. Uno mucho más amable y menos doloroso.
Y la pregunta que probablemente muchos se hagan es: ¿qué es eso que “salva”?
La vergüenza no se termina a los dieciocho
Se me viene a la cabeza la vergüenza. No es casual: en los últimos días ha sido un tema constante con mi sobrina mayor, que está en la etapa donde buscar aprobación, ser parte de un grupo y agradar es de suma importancia.
Creo que en realidad eso nunca deja de serlo, pero cuando hablamos de vergüenza y de bullying solemos pensar en la niñez y la adolescencia. ¿Y qué pasa con la vergüenza en la adultez? ¿Los adultos estamos libres, por algún poder oculto que nos otorgan los años cumplidos, de sentir vergüenza? ¿Estamos libres de la preocupación y hasta del dolor que puede causarnos la opinión y la burla de los demás?
Sinceramente, no lo creo.
En mis clases de impro veo constantemente adultos que llegan buscando un espacio para salir de la caja donde nos metemos sin darnos cuenta, porque creemos —erróneamente— que mientras menos hagamos el ridículo, más respetados seremos. Mientras “avanzamos” en la escala social, se vuelve imposible imaginar que ser el objeto de risa de alguien sea una opción en el trabajo. Cada vez son más escasos los espacios donde nos permitimos eso.

De hecho, muchas veces nos sentamos en el banquillo de los jueces: vemos el contenido de una amistad en redes sociales y pensamos “¿no le da pena?”, “¿no se da cuenta de lo ridícula que se ve haciendo eso?”. Con la explosión de TikTok durante la pandemia, podría apostar que tú también pensaste lo absurdo que era ver a esos treintañeros o cuarentones bailando la mini coreografía de moda. Y probablemente no prestaste atención a la sonrisa, la relajación y la energía que emanaba esa persona.
Reírse primero
En el stand-up, el clown y la improvisación teatral, la clave principal es poder reírnos de nosotros mismos. Muchos hemos descubierto que al romper esa barrera, el poder que otros pudieran tener sobre nosotros, sobre nuestro ánimo y nuestras emociones, se va haciendo más pequeño después de cada risa.
Cuando alguien intenta usar un defecto nuestro para hacernos daño, lo que busca es provocarnos vergüenza o rabia. Al reírnos primero nosotros de ese defecto, rompemos la respuesta emocional que el otro esperaba: le quitamos la carga amenazante al estímulo y neutralizamos el poder del agresor. Y de paso queda en evidencia que ese defecto no era tan importante, que no nos define, que es apenas una parte de nosotros. Verlo desde el humor nos ayuda, además, a ser más amables y más amorosos con nosotros mismos.
Hay una idea de Brené Brown que resume bien por qué esto funciona: la vergüenza necesita tres cosas para crecer —secreto, silencio y juicio— y no sobrevive al ser dicha en voz alta. Un chiste sobre uno mismo es, en el fondo, decirla en voz alta con testigos.
Escudo o autosabotaje
Ahora, al hablar del humor en estos términos aparece un dilema: ¿cuándo lo usamos como escudo protector y cuándo lo usamos como un acto de autosabotaje?
El psicólogo canadiense Rod A. Martin y su equipo desarrollaron en 2003 el Cuestionario de Estilos de Humor, que describe cuatro maneras distintas de usar el humor. Dos de ellas apuntan hacia uno mismo, y son casi opuestas: el humor auto-realzador (self-enhancing) y el humor auto-descalificador (self-defeating).
En el primero le damos una mirada distinta a los errores, a los defectos y a eso que nos avergüenza, sin que eso implique desvalorizarnos ni humillarnos. En el segundo hacemos bromas sobre nosotros ridiculizándonos, y le entregamos material a otros para que se burlen —muchas veces buscando encajar o ser aprobados por el grupo.
La línea divisoria entre reírse de uno mismo como empoderamiento o para lastimarse —y permitir que otros nos lastimen— es el respeto propio. En el humor auto-realzador decimos: “sé quién soy, conozco mis fallas y aun así me valoro; no puedes usar esto contra mí”. En el auto-descalificador decimos: “por favor acéptame, yo mismo me ataco y te doy permiso para que tú también lo hagas”.
La comediante Hannah Gadsby dedicó buena parte de Nanette, su especial de 2018 para Netflix, justamente a esa distinción. Después de años construyendo su comedia sobre la autoburla, se paró en el escenario a decir que ya no iba a hacerlo:
¿Entiendes lo que significa la autoburla cuando viene de alguien que ya vive en los márgenes? No es humildad. Es humillación.
Es una advertencia importante, sobre todo porque la línea puede ser delgada. Y cuando trabajamos con el humor arriba del escenario esa línea se desdibuja todavía más, porque precisamente buscamos ridiculizarnos: ridiculizar nuestros defectos, nuestros errores y hasta nuestros traumas para minimizar a esos monstruos y conseguir las tan ansiadas risas del público. La diferencia no está en el chiste, sino en cómo quedamos después de contarlo. Si nos bajamos del escenario valorándonos igual que cuando subimos, el humor jugó a favor. Si nos bajamos sintiéndonos un poco menos, no importa cuánto se hayan reído.
¿Y en la oficina?
¿Qué pasa con la capacidad de reírnos de nosotros mismos en la oficina, en esa reunión importante, delante del jefe o del equipo que nos ve como un líder?
El humor como estrategia de liderazgo, de gestión del error y de construcción de equipo ha tomado bastante relevancia en los últimos años. Jennifer Aaker y Naomi Bagdonas, de la Escuela de Negocios de Stanford, lo trabajan en su libro Humor, Seriously (2021): sostienen que el humor es una de las herramientas de liderazgo más subestimadas, y que cuando un líder se ríe de sus propios errores le manda una señal clarísima al equipo — acá es seguro fallar, aprender y decir la verdad. Reírte de ti mismo en el trabajo no destruye tu autoridad; la humaniza.
Aunque la excelencia esté ligada al éxito, y para conseguirla se ponga constantemente la competencia sobre la mesa, es en esos mismos escritorios y pasillos donde rondan el chisme y la burla cuando alguien del equipo comete un error e intenta ocultarlo. Y fíjense que hablo de burla y no de chiste: para mí, el chiste lo hacemos nosotros cuando conseguimos reírnos de nosotros mismos; la burla llega cuando es el otro quien, desde la sombra, busca humillarnos. Contrario a lo que esperaríamos, ocultar el error desde la vergüenza es justamente lo que alimenta la burla.
Exponer nuestro error desde el humor no solo relaja tensiones y nos humaniza. También hace la transición entre parecer unos inútiles y hablar del error como un evento puntual, que no define ni nuestra personalidad ni nuestra capacidad profesional. Y así se llega mucho más rápido —y más distendido— al aprendizaje y al replanteamiento de la situación, sin que ese evento nos paralice ni nos haga abandonar nuestros objetivos.
Volvamos a la pregunta
Entonces, ¿qué es eso que salva?
No es la risa por sí sola. Es lo que pasa un segundo antes: el momento en que decides mirar de frente eso que te avergüenza y contarlo tú, con tus palabras y en tus términos, antes de que alguien más lo use en tu contra. La risa que viene después es apenas la confirmación de que el monstruo era más chico de lo que creías.
A mi sobrina todavía le quedan varios años de esa etapa donde la opinión del grupo pesa como una tonelada. A nosotros, los adultos, en teoría ya se nos pasó. En la práctica solo aprendimos a disimularlo mejor.
Por eso vale la pena buscar espacios para hacer el ridículo a propósito. No para volverse comediante — para recuperar algo que teníamos a los seis años y fuimos entregando de a poco.

Escrito por Janset Rojas, profesora de improvisación teatral en Comedy University. Puedes seguirla en Instagram.
En Risa y Comedia hacemos talleres de improvisación teatral, stand-up y escritura de comedia. Si esto te resonó, mira los talleres acá — no necesitas experiencia, solo ganas de salir de la caja.
Esta columna es parte de las colaboraciones invitadas del blog de Risa y Comedia.